miércoles, 2 de enero de 2019

Tobogán o trinchera: ¿dónde es mejor que jueguen tus hijos?

Niños en una zona infantil de Shoeburyness (Inglaterra) y Mondragón (País Vasco).Frente a la versión moderna con columpio, tobogán y suelo a prueba de golpes, ahora triunfan otros parques que llevan el juego a un solar con barro, chatarra, ladrillos y botellas de cristal para 'espabilar' a los chavales. ¿Cuál es mejor para su educación?





Una ballena jorobada en San Francisco. Un cohete espacial en Moscú. Una jaula laberíntica en Gotemburgo (Suecia). Un robot gigante en Wuxi (China). Y también un castillo de cristal, una cabeza de payaso, un águila en pleno vuelo... Monstrum es el fabricante de los parques infantiles más originales del mundo. Exporta desde Dinamarca y sus instalaciones parecen la recreación de un cuento en plena calle, algo así como mini parques temáticos que quedan a la vuelta de la esquina, no cierran nunca y además son gratis. Por eso en cualquier ciudad se convierten en una invitación prácticamente irrechazable para los más pequeños... e incluso para los mayores.0«Una buena zona de juego es la que tiene los elementos habituales: columpios, toboganes, areneros...», explica Ole Barslund Nielsen, CEO y director creativo de Monstrum. «Pero una zona de juegos genial es la que atrae a niños y adultos desde lejos y les anima a interactuar. Cuando un niño ve un tobogán, siente cosquillas en el estómago; cuando ve un submarino, su imaginación se dispara».
Hace ahora justo 15 años que él y su socio Christian Jensen decidieron trasladar su experiencia como escenógrafos teatrales al diseño de parques infantiles. El primer encargo les llegó de forma accidental: la guardería del hijo de Barslund necesitaba reformar el patio y allí estaban ellos. Desde entonces, han fabricado en madera y acero más de 500 infraestructuras distintas para el uso y disfrute de niños de tres continentes. Entre las últimas, el dragón que en mayo voló a Mondragón (País Vasco) desde las afueras de Copenhague.
Que el gran referente en parques infantiles sea danés -igual que Lego, por cierto- no deja de tener su gracia. En 1935, el paisajista local Carl Theodor Sorensen fue el primero en darse cuenta de la fascinación de los niños por la construcción y del potencial pedagógico del bricolaje. Así, concibió un nuevo tipo de espacio -más tarde denominado adventure playground- basado únicamente en la disponibilidad de superficie y unos cuantos cachivaches, no en el diseño preciosista. Un planteamiento al que después de la Segunda Guerra Mundial se sumó el arquitecto suizo Alfred Trachsel, al advertir cómo la escombrera de la cuenca del Ruhr, en Alemania, se convertía en espacio lúdico cuando la ocupaban los críos harapientos y descalzos que habían sobrevivido al conflicto.




Chavales se entretienen en uno de los parques infantiles instalados por Monstrum en Dinamarca.
Siete décadas después, todo padre o madre se hace una pregunta parecida cada vez que llegan las vacaciones escolares y toca encargarse del recreo: ¿quiero que mi hijo suba y baje mil veces de ese columpio anclado al suelo antichichones, o sería mejor para él si le soltase un rato en un descampado lleno de chatarra, neumáticos usados, palés de madera, botellas de cristal e incluso, ups, alguna caca de perro?
El parque infantil surgió a principios del siglo XX como un lugar que servía de preparación para la vida en sociedad y el encuentro con el extraño. Habría que cuestionarse entonces qué sentido tiene para el desarrollo integral del menor un sitio que fomenta el entretenimiento... pero también la sobreprotección.
«Si construyes un área de juegos que es sólo bonita pero no jugable, has fracasado como diseñador», reconoce el máximo responsable de Monstrum. «También debe tener un elemento de riesgo. Escalar una pared no consiste en llegar a la cima, sino en sentir la emoción de subir. Fallar y caer puede ser bueno. De eso va crecer».
Frente a los mundos fantásticos creados por ordenador, impecablemente rematados y asépticamente aislados del entorno, Londres y otras ciudades británicas están apostando en los últimos años por todo lo contrario: parques infantiles entendidos casi como zonas de guerra. Porciones de terreno agreste y salpicadas de barro donde los troncos, las ramas nudosas y los arbustos con pinchos han sustituido a los balancines, donde la pala y el cubito no son bienvenidos -a diferencia de la sierra y el martillo- y donde, sí, no te asustes, está permitido encender fogatas.




Un grupo de niños juega con la arena en un área infantil de Shoeburyness (Reino Unido). La preocupación por la seguridad creando parques encorsetados para los niños y sin elementos naturales reduce el aprendizaje sobre sus propios límites




Hablamos de la búsqueda de la resiliencia a través del riesgo controlado, en palabras de los defensores de esta tendencia. Una fórmula que ha logrado algo impensable en Reino Unido: ser vista con buenos ojos tanto por los tabloides como por los periódicos progres. Los primeros, porque pega un sopapo a las tesis buenistas asociadas a la crianza; los segundos, porque representa la vuelta a una infancia más libre y en contacto directo con el medio natural.
Aunque tal vez no haga falta intelectualizar tanto el debate. Claire Griffiths, antigua cuidadora de chavales y madre de dos de ellos, ya lo sugirió cuando montó uno de estos campos de batalla frente a su casa en Wrexham (Gales): «Me encantó darle a los niños un espacio donde pudieran ser simplemente niños».
«¿Saben los chicos de hoy día saltar de una piedra a otra llena de musgo sin caerse a la primera?», lanza al aire la psicóloga y divulgadora Alicia Banderas. «La preocupación por la seguridad creando parques demasiado encorsetados para los movimientos de los niños, sin elementos naturales como plantas, arena... reduce su libertad y el aprendizaje sobre sus propios límites. Aniquila la posibilidad de evaluar el riesgo por sí solos. Nuestros hijos necesitan seguridad, pero también desarrollarse de manera saludable».
Para Banderas, autora de Niños sobreestimulados (Libros Cúpula), los beneficios del juego arriesgado -«que no peligroso»- difícilmente se pueden conseguir en un cuadradito de ciudad recubierto de caucho, sino en un contexto menos artificial. Más salvaje. «Actualmente se habla del trastorno por déficit de naturaleza, un concepto acuñado por el periodista y escritor estadounidense Richard Louv que explica por qué existe una disminución del uso de los sentidos, los problemas de atención y los altos porcentajes de enfermedades físicas y emocionales», señala.
«La existencia de elementos de la naturaleza es fundamental, dan muchísimo juego y nos permiten apreciar el paso de las estaciones o experimentar con texturas y materiales», coincide Almudena de Benito, madre y arquitecta urbanista. «Un niño que juega en la calle gana en autonomía, y esto es fundamental. Poco a poco va asumiendo riesgos que, aparte de favorecer el ejercicio físico y la relación con el propio cuerpo, le ayudan a ser cada vez más independiente y a relacionarse con otras personas. En una sociedad como la actual, cada vez con más tareas y horarios establecidos, el juego libre debería reivindicarse más».
De Benito también es la directora, desde que se creó en 2011, de Chiquitectos. Se trata de una plataforma educativa que quiere llegar con sus talleres donde el colegio no suele hacerlo: a la sensibilización sobre el entorno construido y el medio ambiente.



Para esta experta, las propuestas de Monstrum son interesantes, aunque quizás «excesivamente figurativas». «Creo que también es muy positivo plantear elementos abstractos para el juego, estructuras estéticamente cuidadas pero que no son nada concreto y que los niños puedan interpretar y dar usos diversos. El uso lúdico de estructuras no necesariamente representativas de elementos de la realidad favorece la imaginación y el juego simbólico. También se podían añadir elementos que funcionen con el viento y el agua», añade esta experta.
Australia, Canadá, Suecia y Noruega, casualmente todos con un apabullante patrimonio medioambiental, son otros países que se han posicionado contra la esterilización del juego y el entretenimiento de diseño. Pero el mensaje también va calando en el sur de Europa y en América Latina.
El psicopedagogo italiano Francesco Tonucci es una de las voces internacionales más críticas con la sobreprotección infantil. A través de Frato, su alter ego viñetista, ofrece su visión educativa, en la que no hay tiempo para los deberes y sí para explorar el barrio.
En 1991convenció al ayuntamiento de Fano, su ciudad natal, para poner en marcha un programa piloto para que los niños fueran solos al colegio. Lo llamó Camino seguro y fue un éxito, hasta el punto de que se aplica en ciudades como Buenos Aires.
Como partidario de la autonomía de los pequeños, y como padre, Tonucci está en contra de los parques infantiles estándar. «Me parece difícil de creer que columpiarse o tirarse por un tobogán represente una aventura y despierte actitudes creativas», subraya el autor de Manual de guerrilla urbana (Ed. Graó). «Mi rechazo a estas áreas se debe al hecho de que ofrecen juegos que los niños simplemente deben usar, consumir. Generalmente, los niños asisten a las mismas zonas todos los días porque están cerca de su casa. Y este ritual se lleva a cabo en presencia y bajo el control de los adultos. El juego, en cambio, debería ser una invención que se adapte de vez en cuando a los deseos de los compañeros involucrados y al lugar elegido para jugar. El verbo jugar no se puede asociar al verbo acompañar, sino sólo al verbo dejar».
Hace dos meses se publicó Mi primer dispositivo, un informe elaborado por la firma de software Symantec. Recogió el testimonio de más de 7.000 padres de Europa y Oriente Próximo con hijos de entre cinco y 16 años. Reveló que los niños españoles pasan de media dos horas y 14 minutos al día jugando con el móvil. A jugar al aire libre dedican una hora y 51 minutos, casi 30 menos que los alemanes.
Ahora piensa en tu hijo. Y luego, en la caca de perro.
Fuente: https://www.elmundo.es/papel/historias/2018/12/26/5c1d0ea7fc6c834d678b4733.html#

Cuando jugar ayuda a curar

"Cualquier persona que haya estado enferma durante un tiempo sabe que volver a hacer cosas aparentemente corrientes pero que sólo pueden hacerse cuando se está sano, hace que se aprecien de una forma diferente". Mario Alonso Puig es médico, conferenciante y escritor. También patrono de Honor de la Fundación Juegaterapia, una plataforma que nació en 2010 para apoyar, a través del juego, a niños que reciben quimioterapia en el hospital. Puig, por tanto, sabe mejor que nadie lo que supone para esos pequeños poder disfrutar de un tobogán o un columpio en circunstancias tan excepcionales.
"Estar al aire libre, salirse de esas paredes del hospital entre las cuales un niño enfermo se siente confinado, es brindarle la oportunidad de volver a encontrarse, aunque sea parcialmente, con un recuerdo vivo de lo que es la salud. No cabe duda de que esto puede ser un estímulo para que el niño tenga aún un mayor deseo de recuperarse y poder así volver a llevar una vida normal", señala.
Juegaterapia se ha propuesto convertir las azoteas de los centros hospitalarios, espacios grises e inutilizados, en áreas de juego. Después de construir un Jardín en la azotea del Hospital La Paz de Madrid y otro en el Hospital 12 de Octubre, también en la capital, ha iniciado las obras de acondicionamiento en La Fe de Valencia y acaba de plantar la primera semilla en el Gregorio Marañón.

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